Un Cinco de Febrero cualquiera me alcanzó la nostalgia de todos esos recuerdos que nunca viví.
El mal sabor de boca que deja en el paladar tantos años de mal chocolate.
Mis amistades perdidas con Oracio, Omar, Domingo y Carlos Torres.
Mis tempranamente truncados idilios con Yamín, Luan, Liz y Cecilia.
Las suplicas de mis hermanos muertos, sus falsas ganas de vivir.
Todo comenzó al desempolvar libros viejos, con esas notas furtivas que esperan por años para poder clavarte la saeta.
Dos parpadeos después la sensación de ir flotando a la deriva de un mar de posibilidades que se cancelan entre sí.
La apócrifa pretensión de haber escogido mejor nuestros errores.
Una reminiscencia de todo el amor que hemos recibido.
Destilada ya de toda lujuria fuera de lugar.
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